Saturday, March 30, 2013

Breve historia de la educación en México parte 1/4


Época prehispánica.
En tiempos precolombinos, los chichimecas enseñaban a sus hijos desde niños el uso del arco y flecha, principales instrumentos en las actividades de la caza y guerra. También los preparaban para distinguir la vegetación comestible de que no lo era; más aún, les transmitían sus conocimientos de plantas medicinales. Finalmente, les inculcaban sus creencias religiosas, costumbres, rituales, estudios astronómicos y expresiones artísticas.

Desde la época prehispánica la civilización de los pueblos indígenas giraba, esencialmente, en torno al concepto de lo religioso. No cabe duda que la clase sacerdotal fue determinante para el gobierno del pueblo azteca. En sus manos se encontraba tanto la educación, actividad que era parte esencial de su política para conservar el predominio sobre aquella sociedad.

El Estado se encargaba de la educación de los niños, sin embargo, la enseñanza recaía en manos de las mujeres; después, en las escuelas y en los sacerdotes, que la completaban.

Los hijos de la nobleza y algunos plebeyos estudiaban en escuelas llamadas la casa del canto o Cuicacalli y la casa de la medida o Calmécac, donde fueron entrenados para el sacerdocio en un ambiente de disciplina rigurosa. En otras escuelas llamadas telpochcalli o la casa de los jóvenes, los niños plebeyos aprendían la ideología de la guerra sagrada; su adoctrinamiento los preparó para aceptar su posible muerte en el campo de batalla o en el altar de sacrificios.

Los códices o libros pintados eran manuscritos en los que nuestros antepasados relataban su historia; es decir, sus costumbres y tributos. En ellos se describe también cómo eran educados los infantes. Lugares como Palenque dan muestra de ello en sus códices, murales, pirámides y esculturas.

Los avances en matemáticas, son indiscutibles: la invención del cero, estudios en geografía, etc. Por todo esto y otras razones más, los pueblos prehispánicos son considerados científicos, investigadores, artistas (poetas, pintores, escritores, etc.), astrólogos, discípulos de las estrellas, viajeros del espacio, exploradores del infinito y mucho más.

La colonia.
Entre 1524-1555 se produjeron las más generosas iniciativas para facilitar la incorporación de los indígenas a la sociedad castellana.

Para los indios existía una opinión generalizada por la mayoría de los educadores religiosos, decían que las actitudes comunes entre los indios correspondían a un ejemplar comportamiento cristiano. Y es precisamente en estas rutinas de convivencia, en las que se aprecia la huella de una vieja tradición de educación familiar y comunitaria, conservada en los pueblos más apartados del trato con los españoles. Resaltaba la importancia de la educación como medio de inculcar determinados hábitos.

El siglo XVI es en la educación superior de la colonia un periodo de actividad fecunda al cubrir la demanda personal, capacitando para labores administrativas de organización y control, emanadas de las actividades eclesiásticas y del virreinato mismo. Los colegios Universitarios se fundan a partir de 1573 con el propósito de cumplir este objetivo funcional; dividiéndose estos en tres tipos de Instituciones de acuerdo a las finalidades propias de la Enseñanza. El Colegio de Comendadores de San Ramón Nonato,  era responsable de la formación de los futuros funcionarios aptos para ayudar a gobernar. En los seminarios se formaran los criollos que se distinguirán como profesores y clérigos, el Colegio Mayor de Santa María de Todos los Santos, muy elitista para la selección de sus alumnos.

En 1582 Felipe II instruye a través de cédula real el que se instituya en Guadalajara una cátedra para la enseñanza de la lengua mexicana, la cual se estableció en el colegio de San Pedro y San Pablo. El aprendizaje de esa lengua se convirtió en requisito obligatorio para quienes fuesen a ser clérigos. Años después la cátedra fue trasladada al seminario del señor San José en el siglo XVIII y de ahí a La Real y Pontificia Universidad de México, fundada el 21 de septiembre de 1551

En 1753, el arzobispo de México, Manuel Rubio y Salinas, en un edicto destinado a todos los párrocos, mandó fundar “escuelas de lengua castellana para que los niños y niñas de los indios aprendan a hablar la lengua castellana y a leer, a escribir y cantar en dicha lengua”. Se debía financiar a las escuelas por medio de las cajas de comunidad. Se establecieron escuelas en 281 pueblos de indios en el arzobispado de México. El salario de algunos maestros fue otorgado de las cajas de comunidad de las poblaciones indígenas y los demás preceptores percibieron su sueldo del sacerdote o de los padres  de familia.


LA EDUCACIÓN FRANCISCANA

La  educación de los primeros indígenas fue de corte marcadamente feudal aunque sólo se impartió en un principio a los hijos de los señores principales. Se dice que la organización  indígena cuadraba exactamente con la organización feudal europea por esa razón no batallaron en adaptarse al nuevo modelo que ofrecía la conquista. Sobre la actividad educativa de los franciscanos se centró en cuatro ramas: la educación para hijos de la minoría directora; la enseñanza catequística en el patio; la enseñanza con miras a la capacitación profesional y la educación de niñas indias.

Para los hijos de los gobernantes de las ciudades principales, los franciscanos tuvieron a bien servirse del modo y la disciplina que habían regido antes de la llegada de los españoles a tierras mexicanas dentro del calmécac. El éxito tan sorprendente del tipo de educación intensiva que se ofreció a los nobles mexicas no fue la alfabetización del idioma, ni la formación de buenos canteros o artesanos, sino la conversión de los educandos en un medio eficacísimo para la promoción del apostolado y al mismo tiempo una arma ofensiva contra su propio pueblo y contra la religión prehispánica.

El número creciente de indígenas conversos obligó a los franciscanos a organizar un sistema de instrucción en masa, que se practicaba en las explanadas de las iglesias, llamadas atrio o patio. En el patio tenía lugar además de misa, la enseñanza de los rudimentos de la doctrina cristiana para los hijos de la gente común.

Hacia el año 1530 comenzó la enseñanza de oficios mecánicos y artes para los alumnos en edad avanzada como en la adolescencia, pero que antes hubieran aprendido bien la doctrina cristiana. Del establecimiento fundado por Pedro de Gante, al poco tiempo empezaron a salir sastres, zapateros, carpinteros, lapidarios, orfebres, canteros, alfareros, teñidores, curtidores, fundidores de campanas, herreros, etc.

Los franciscanos no fueron los únicos impulsores de la capacitación profesional de los indígenas de la Nueva España. Hoy sabemos que la introducción de la técnica de cerámica de Talavera de la Reina en Puebla de los Angeles, se debió a los dominicos. Sabemos también que los agustinos se esforzaron en el adiestramiento de los michoacanos y enviaron a algunos a la ciudad de México para que se instruyeran en los oficios.

A diferencia de los niños, todas las niñas hijas de principales y aún de la gente más humilde se enseñaron en la doctrina cristiana por sus corrillos de forma tradicional repartidas en alguna orden. Las niñas mayores se integraban a este tipo de grupos y seguían su instrucción de tipo religioso hasta que se casaban en los patios o atrios de las iglesias. A partir de 1536 se propone que el tipo de educación de las niñas sea el mismo que la que reciben los niños.
           

LA INFLUENCIA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN LA SOCIEDAD NOVOHISPANA DEL SIGLO XVI

La llegada en 1572 de los jesuitas a la Nueva España fue un acontecimiento trascendental para la vida religiosa, intelectual y social de la colonia. Hasta ese año la educación predominante fue lo relativo a la doctrina cristiana, las artes y oficios que organizaba y administraban los agustinos y en mayor medida la orden de San Francisco de Asís entre otras órdenes religiosas.

Muchas de las puertas se les abrían, ya que la compañía venía precedida de gran fama por la ortodoxia y de la capacidad de sus métodos como educadores. En el mineral de pozos, les mostraron técnicas europeas de extracción y beneficio de metales. También crearon una escuela para los habitantes del pueblo.  Desgraciadamente quedó en el olvido los indios de las zonas más alejadas.

 Todos los domingos salían del Colegio Máximo cuatro doctrinas; una para los niños españoles, otra para los negros y dos más para los indios. Para empezar los adoctrinaron en la fe católica. Asimismo, les enseñaron español y les dieron clases de canto religioso. Por otra parte, los capacitaron en las actividades agrícolas y ganaderas.

El gusto literario de los criollos se formaba principalmente durante su estancia en la escuela y de acuerdo con las lecturas que se les recomendaban. Los estudiantes de gramática y artes tenían que leer una serie de libros que utilizaban en sus cursos y que casi siempre procedían de la propia imprenta de la escuela; así los clásicos podían quedar al alcance de los jóvenes, pues los textos que utilizaban habían sido expurgados para que no se encontrase en ellos ninguna expresión o concepto peligroso para la moral. En 1577 los jesuitas dirigieron una solicitud al virrey Don Martín de Enríquez para que se permitiese la impresión de una serie de obras de diversos autores, entre ellos: Catón, Luis Vives, Cicerón, Virgilio, Ovidio, San Gregorio Nacianceno, San Ambrosio, San Jerónimo, además de algunas fábulas, cartillas de la doctrina cristiana, Súmulas del padre Francisco de Toledo y los emblemas de Alcíato.

En años sucesivos se amplio la lista de los títulos  editados y la preparación y cuidado de las ediciones quedó a cargo de la Congregación de la Anunciata. Se incluyeron algunos títulos de Santo Tomás de Aquino, Arias Montano, Roberto Bellarmino, conferencias espirituales del padre Anaya, sermones, comentarios teológicos, los ejercicios espirituales de San Ignacio y los inevitables textos de gramática y selecciones de Cicerón que utilizaban los estudiantes en sus clases de latín, Retórica y artes.

La vida intelectual de las ciudades dependía de los actos que organizaba la Universidad y de los que programaban los colegios, pero éstos tenían el aliciente de tener como protagonistas a grupos muy numerosos de niños o jóvenes que solían ser muy conocidos o parientes de los espectadores.

Los jesuitas novohispanos aprovecharon la oportunidad que les brindaban las fiestas populares para acercarse a la población iletrada que era la gran mayoría. La mayor parte de las fiestas eran de carácter religioso y se hacían en ocasiones de la elevación a los altares de alguno de sus miembros o cualquier otro motivo de regocijo. Estas celebraciones daban ocasión a la Compañía de Jesús a contribuir con sus oraciones en correcto latín, su erudición clásica, su preocupación por el barroquismo y el culteranismo.

Los misioneros se ven sujetos a aprender las lenguas indígenas, pues para enseñar se necesita saber el idioma original de los futuros conversos. De esta forma la enseñanza se da en un doble proceso: los que fungen como maestros –los misioneros– los cuales aprenden las lenguas nativas, y los indígenas que se ven obligados –por necesidad propia y por influencia dominante– al aprendizaje castellano. La necesidad de facilitar el aprendizaje de ambos hizo necesario la confección de una bibliografía en lenguas indias para el misionero y una castellana para el sometido. Todo este proceso es una función educativa; el medio de enseñanza es el catecismo y el recurso didáctico es la predicación y el aprendizaje memorístico de los dogmas fundamentales de la religión católica. En cambio, para aprender las lenguas locales es necesario un conocimiento gramatical y regional.

Los jesuitas introdujeron modificaciones y fueron de dos tipos: por una parte propiciaron la solemnización de acontecimientos exclusivamente religiosos como la conmemoración del Corpus Christi y de San Pedro y San Pablo; por otra parte ampliaron el marco de festejos populares que hasta aquel momento se habían reducido a diversiones como los juegos de cañas, alcancías, sortijas, toros, mitotes, máscaras, música y quema de artefactos pirotécnicos. Para finales del siglo XVI, se mantenían los antiguos jolgorios, pero ya acompañados de comedias, certámenes poéticos y alegorías clásicas y bíblicas en la decoración de los arcos de triunfo, en los disfraces y carros de las máscaras.

En teatro como elemento educador de la población había tenido importancia desde la llegada de los misioneros franciscanos; los frailes supieron aprovechar la existencia de ciertas formas de teatro prehispánico que habían servido de cauce para la manifestación de sentimientos populares. Los misioneros aprovecharon la afición de las representaciones dramáticas como expresión de creencias y sentimientos colectivos; por ellos el teatro de evangelización más que un espectáculo para ser contemplado era un acto en que todos participaban. Para 1570 este tipo de teatro ya había decaído, pero los jesuitas rescataron algunos aspectos aprovechables tanto en las creaciones dramáticas adaptadas a las misiones como en los intermedios y entremeses de los actos literarios llevados a cabo en los colegios.
En algunos colegios también se realizaron representaciones mixtas en lenguas indígenas y castellano en los colegios de Pátzcuaro, San Gregorio y Tepotzotlan.


 Sor Juana

Comenzó estimulando el interés, para así poder pasar, con el ánimo propicio de los escuchas, a exponer el planteamiento del contenido de enseñanza que busca transmitir; una vez hecho esto, llega a hacerlo evidente con su comprobación. Y, así, finalmente, arribar a la conclusión con la que, se esperaba, habría unánime aprobación. Son los pasos metódicos de lo que se consideraban condiciones indispensables de una pedagogía efectiva. Era la forma estratégica mediante la cual la misma Sor Juana desplegó sus propios empeños pedagógicos a través de todas las series de villancicos que compuso. Se trataba de la forma más didáctica, cuya estrategia consistía en estimular y exaltar las pasiones para propiciar la aceptación inmediata y permanente de las sentencias morales que se transmitían.

Durante esa época se aceptaba con naturalidad que la educación de los indios fuera diferente de la de los criollos, ya vivieran en la ciudad o en el campo. La gran mayoría de la masa indígena permaneció en la ignorancia, se castellanizó y asumió el nuevo paradigma dominante debido al contacto inmisericorde de su relación de explotación en el mundo colonial. Aprendieron el español por necesidad de supervivencia.

La educación en la colonia no pendía de un sistema ni era el propósito general del Estado virreinal ni provincial, sino que se ejercía como una cobertura particular de instituciones, principalmente religiosas, aunque también el ayuntamiento ejercía políticas en este renglón. Todo ello conforme a la visión particular que dignatarios, sacerdotes y funcionarios tenían respecto a su ejercicio. Lo educativo no era una propuesta generalizada ni por el estado colonial provincial ni por la iglesia sino solamente en políticas de tipo filantrópico de conversión pero también de servicio a sus propias necesidades.

En la época de conquista, –cuando menos a la que se refiere a Guadalajara–, quienes son los destinatarios de una labor educativa son principalmente los adultos indios, el método es la imposición lingüística, cuyo fin es la conversión. Es hasta la etapa colonizadora clásica, ya institucionalizado el poder colonial, cuando encontramos una promoción cada vez más clara sobre la atención a niños.

La magna labor conquistadora y colonizadora implicó una educación para el sometimiento y se expresó con un carácter dogmático-impositivo para indios primero y mestizos y castas después; aún cuando reconozcamos en última instancia que aún con estas características la población convertida pudo ir forjando nuevos referentes y elementos que pudieron servirle para su defensa como individuo y respecto a sus etnias y condición.   

Durante la década de los setentas del siglo XVIII, la dirección del proyecto de establecer escuelas pasó de residir en las autoridades eclesiásticas a los gobernantes civiles, ya que usar fondos de las cajas de comunidad, hacía necesario que la Contaduría General y Arbitrios interviniera.

La educación institucionalizada  no logró gran influencia en la mejoría de las costumbres; la vida doméstica determinó, en buena medida, las actitudes de unos y otros. No existían edificios destinados ex profeso a la escuela; ésta existía donde estuviera el maestro con los alumnos, y podía ser la vivienda del preceptor. También podía ocurrir que, en poblados numerosos, se pagara la renta de una casa para ello.

La escuela funcionaba durante todos los meses del año, pero la asistencia disminuía de manera notoria debido a las tareas de siembra y cosecha en las que participaban los niños, y durante las festividades del pueblo.

La instrucción de las mujeres

La instrucción de las mujeres de clase alta reconocía que ellas ejercían una influencia definitiva sobre sus maridos y sus hijos. Algunos escritores humanistas del siglo XVI, como Juan Luis Vives y fray Luis de León, propusieron darle a la mujer un nivel de educación más amplio que el aceptado en su época: eran partidarios de enseñarle a leer, a dominar labores manuales, a preparar apetitosos platos y a tocar algún instrumento musical; y de que también aprendiera la doctrina cristiana y practicara las virtudes marianas de castidad, obediencia, laboriosidad y piedad. La idea de que se debían educar todas las mujeres, independientemente de su posición social, no surgió hasta fines del periodo colonial y fue uno de los cambios más importantes en la actitud de la sociedad frente al sexo femenino.

Fue en los conventos donde la educación femenina logró sus más importantes avances durante la colonia, pues las religiosas debían aprender a leer para poder rezar el Divino Oficio. El propósito de dichas comunidades religiosas era la vida contemplativa y devota, no la educación o la asistencia social; en 1591 fue creado el Monasterio de la Encarnación bajo la orden de San Agustín. A éste acudieron durante dos siglos jóvenes herederas de familias importantes, quienes por lo regular eran recibidas como internas a los doce o trece años, con el fin de aprender a leer y escribir, y a coser y desempeñar otras artes domésticas.

Apenas una minoría de mujeres en la América española sabía escribir bien y acostumbraba a leer; en consecuencia, hubo muy pocas escritoras. Resultan tan excepcionales los casos de la escritora mística madre Josefa del Castillo y Guevara, más conocida como la madre Castillo; de Jerónima Nava y Saavedra, de la Madre Jerónima del Espíritu Santo y de María Petronila Cuéllar o la madre Petronila.

La fundación del Beaterio de Cali (1741), en el cual las religiosas, aparte de los oficios piadosos, se dedicaron a instruir a un grupo de niñas. Se encuentran algunas referencias aisladas que señalan que en las principales poblaciones se reunía a un grupo de niñas vecinas para asistir a la casa de alguna señora, que les indicaba las primeras letras, les hacía memorizar algo de doctrina cristiana y les enseñaba a hacer lomillo, cadeneta, dechado en punto de cruz y otras costuras; aunque lo usual era que las niñas aprendieran estos asuntos a través de la instrucción recibida en el hogar directamente de su madre. Dedicaban la mayor parte de su esfuerzo a enseñarles a las niñas labores de costura, tejido y bordado. Pero lo principal era cultivarles el carácter a través del aprendizaje de la doctrina cristiana, lo cual se lograba con la memorización de preguntas y respuestas del catecismo del padre Jerónimo Ripalda. Además les inculcaban nociones de urbanidad, moral e higiene; es decir, las preparaban para que conservaran las tradiciones familiares y la fe.

Las religiosas de la Compañía de María habían fundado en 1753 el primer Colegio de la Enseñanza que hubo en América, y en 1767 la Confederación Vasca de Nuestra Señora de Aranzazu abrió el Colegio de San Ignacio de Loyola —más conocido como el de las vizcaínas—, planteles que recibían jovencitas entre los diez y los veinticinco años y las educaban dentro de la tradición hispana del enclaustramiento.

Los primeros periódicos publicados en las colonias españolas incluyeron artículos en los cuales se proponía un cambio en la instrucción de las mujeres, haciéndole eco al argumento, sustentado en Europa, de que así podrían ser mejores compañeras y formar mejores hijos, idea que se mantuvo hasta los primeros decenios del siglo XX.

Más que plantear un contenido similar en la instrucción de ambos sexos, la renovación impulsada por la Ilustración consistió en crear conciencia sobre la necesidad de educar también a las mujeres. Sin embargo, este proceso se dio en forma desigual en las principales poblaciones de las colonias españolas, y cubrió sobre todo a la clase alta, aunque en México se capacitó también a algunas nativas y a mujeres de bajos recursos. En 1802, 3.100 niñas asistían a 70 establecimientos de diferente índole. No obstante, el porcentaje de mujeres instruidas era relativamente bajo comparado con el de los varones.

Las universidades del Nuevo Mundo en la época colonial no fueron centros donde se practicara la investigación científica. En tales condiciones, la práctica de la física en el México colonial fue esporádica y resultado de las inquietudes individuales.

Especial mención merece la fundación del Real Seminario de Minería en 1792, que fue la primera escuela técnica establecida en el Nuevo Mundo; en ella se instalaron los primeros laboratorios científicos modernos de México, de física, de química y de mineralogía principalmente, y se proporcionaron facilidades para la realización de trabajos de investigación experimental. A uno de sus catedráticos, Francisco Antonio Bataller y Ros, se debe la redacción del primer texto escolar de física mexicano, Principios de física matemática y experimental (1802).

En la Nueva España, en las décadas cercanas a la independencia del país, la mayoría de los habitantes eran analfabetos. Quienes sabían leer tenían más ventajas, pero ser analfabeto no impedía obtener ciertos puestos, presentar litigios ante los tribunales o enriquecerse. En cuanto a los indios, no importaba si tenían o no conocimiento de la lengua castellana, pues las tareas del campo no lo requerían. Los indígenas no eran seres sumisos y pasivos, sino comunidades con una organización compleja que, aun cuando estaba subsumida al régimen colonial, permitía la participación en los asuntos comunitarios, como era la educación de los niños.

ESCUELAS EN LOS PUEBLOS INDIOS DE LA INTENDENCIA DE MÉXICO EN 1808, SEGÚN LOS REGLAMENTOS DE LOS BIENES DE LA COMUNIDAD.

En 1791 y 1805 se elaboraron reglamentos para los pueblos indígenas de cinco intendencias: Guadalajara, Guanajuato, Yucatán, Michoacán y Zacatecas. Las de San Luis Potosí y México las formularon entre 1806-1808. En el reglamento se señalaban los gastos que eran permitidos, en general se reducían, o eliminaban contribuciones a las celebraciones religiosas, solamente permitiendo una erogación para la fiesta del santo patrón del pueblo y a veces para Corpus Christi y Jueves Santo. Se asignaba una cantidad para el maestro de escuelas de primeras letras y doctrina cristiana “que deben precisamente establecerse en todos los pueblos de español e indios de competente vecindario”.

Las 43 subdelegaciones que abarcaban la intendencia de México, en 16 habían tenido reglamentos antiguos, expedidos alrededor de 1783 y en estos lugares se les había pagado a los maestros de escuela con fondos comunales durante más de veinte años. Otros lugares sin reglamentos antiguos, también desde antes costeaban el salario de un preceptor, sea con fondo de cajas comunitarias o de los padres de familia, hecho constante en los “Cuadernos de Noticias” que cada subdelegado envió a Arce como informe previo a la elaboración de los reglamentos. Además en 25 subdelegaciones habían existido escuelas desde 1754 según la encuesta del arzobispo Rubio y Salinas.

Fue Don José Ma. Morelos, el que tuvo una clara visión de lo que debe ser la instrucción del pueblo, por ello en el artículo 39 de la Constitución de Apatzingan (22 de octubre de 1814) establece claramente "La instrucción es necesaria para todos los ciudadanos y debe ser favorecida por la sociedad con todo su poder", desgraciadamente las buenas intenciones de Morelos nunca pudieron ser establecidas.

LAS ESCUELAS LANCASTERIANAS EN LA CIUDAD DE MÉXICO: 1822-1842

Con la independencia, muchas leyes educativas españolas siguieron vigentes o fueron incorporadas a la nueva legislación mexicana. Así, no sólo a nivel municipal, sino también, en las constituciones y leyes de los estados y en proyectos o leyes nacionales, muchas ideas y mandatos legales de España influyeron para que los dirigentes de las primeras décadas del México independiente siguieran una política educativa que era una mezcla del pensamiento ilustrado y liberal de las Cortes de Cádiz.

Después de la independencia, los gobernantes de la nueva nación añadieron la idea de la educación como preparación a la defensa de la libertad nacional y una protección contra la arbitrariedad y el despotismo, viendo en ella un instrumento para unificar a la población heterogénea que lo formaba y hacer de ellos ciudadanos leales, cumplidos, consientes, alfabetos y responsables, con la esperanza de formar una nueva sociedad más libre, igualitaria y productiva.

El papel del estado con respecto a la educación tuvo entonces cuatro aspectos fundamentales: como unificador de la educación; como supervisor de la educación impartida por la iglesia; como favorecedor de una enseñanza moderna, en la que se incluía otorgar educación cívica, nuevas asignaturas, utilización de nuevos métodos y la obligatoriedad del aprendizaje de la lectura y la escritura y como promotor de la educación primaria para el pueblo.

Si bien las escuelas primarias se multiplicaron no lo hicieron de una forma pareja en toda la república. En el sureste, los pocos establecimientos educativos se encontraban concentrados en Mérida, Valladolid y Oaxaca; en el norte, las enormes distancias y el poco desarrollo hicieron difícil la creación de instituciones educativas en pueblos, villas y rancherías. Fue en el centro del país donde se observó mayor actividad escolar.

En las escuelas particulares más grandes, los alumnos contaban con un maestro principal y tenían uno o dos ayudantes; en cambio, en las escuelas gratuitas, donde en una sola sala concurrían 200 ó 300 niños, la enseñanza comenzó a dificultarse, por lo que se recurrió al sistema pedagógico lancasteriano, promovido en México por la Compañía Lancasteriana, en 1822.

En 1822 cinco hombres prominentes de la ciudad de México (Dr. Manuel Codorniu, Lic. Agustín Buenrostro, Coronel Eulogio Villaurrutis, Manuel Fernández Aguado y Eduardo Turreau de Linares) fundaron una asociación filantrópica con el fin de promover la educación primaria entre las clases  pobres, llamaron a su organización Compañía Lancasteriana en honor a Joseph Lancaster, inventor de un método pedagógico llamado sistema de enseñanza mutua, o sistema lancasteriano, se difundió con rapidez no solo en Inglaterra, sino en Francia, los países nórdicos, España, los Estados Unidos del Norte y las nuevas repúblicas latinoamericanas.

En México aun antes de la fundación de la Compañía Lancasteriana, la enseñanza mutua fue practicada por algunos maestros particulares y en las escuelas gratuitas de algunos conventos. Tan reconocida fue la fama de la enseñanza reciproca y el prestigio de los miembros de la asociación lancasteriana, que veinte años después de su fundación, Por Decreto del 26 de octubre de 1842 se confió a la Compañía Lancasteriana la Dirección General de Instrucción Primaria en la ciudad de México y las subdirecciones respectivas en las capitales de los departamentos. Sus funciones fueron las siguientes: promover, bajo la protección de los gobernadores de los departamentos, el establecimiento de escuelas de niños y adultos; erigir y conservar una escuela normal de profesores; elaborar, imprimir y proveer cartillas de instrucción primaria y libros elementales; enseñar educación elemental y doctrina cristiana; enviar las cuentas anuales para su revisión al tribunal establecido para ese efecto y, finalmente, publicar en cada trimestre la cuenta respectiva en el periódico oficial.

Gran parte de la reputación del sistema derivaba de su economía y rapidez. Siguiendo el método de Lancaster un solo maestro podría enseñar de 200 hasta 1000 niños, con lo que bajaba el costo de la educación. Los alumnos eran divididos en pequeños grupos de diez; cada grupo recibía la instrucción de un monitor o instructor, que era un niño de mas edad y mas capacitado, previamente preparado por el director de la escuela.

En 1822, a iniciativa publicada en el periódico “El Sol”, la Compañía pudo fundar la primera escuela. Llevó el nombre de este periódico, que era el órgano oficial del grupo masónico escocés, bajo la dirección del profesor Andrés Gonzáles Millán. Al año siguiente, 1823, la Compañía fundó la segunda de sus escuelas, en el Convento de los Betlehemitas. Tuvo el nombre de Filantropía y se puso en manos del profesor Turreau e Ignacio Rivoll.
En 1823 se publica su reglamento. La flamante institución constaba de tres secciones. En la primera, se impartía instrucción elemental a los niños (lectura y escritura, cálculo, gramática y catecismo. En la segunda, se preparaba a los jóvenes en la teoría y práctica del sistema mutuo de enseñanza; era educación normal. En la tercera, se ofrecía una suerte de enseñanza secundaria (elementos de latín, francés, geografía, historia, mitología, dibujo y matemáticas). Los alumnos pagaban la cuota mensual de uno, dos o tres pesos, según la sección a que concurrían. Más tarde le fueron donados otros ex conventos.

En 1823 se fundó la primera Normal para formar profesores con ese sistema, en la ciudad de México, misma que funcionó hasta 1890. En 1825, se creó en Zacatecas la "Escuela Normal Lancasteriana de la Constitución". Con ambas instituciones, pero particularmente esta última se va creando el concepto del normalismo y la tradición de formar docentes para la escuela pública. Quizá es a los seguidores de este sistema a quienes más se deba la presencia de rituales y manejos de tiempo en la escuela. Sus manuales eran muy detallados para especificar los movimientos y acciones que debían de realizar los estudiantes, puntualizando incluso los momentos y tiempos para realizarlos. Entre 1842 y 1845, la Compañía Lancasteriana encabezó la Dirección General de Instrucción Pública, y al terminar su gestión dejo 106 escuelas primarias en la capital, con 5847 alumnos, todos usando el sistema mutuo.

La escuela ubicada en un edificio colonial, tenía uno de sus más grandes salones convertido en aula de clase donde cabían entre 100 y 300 niños. En fila, de frente al escritorio del maestro, se sucedían, una detrás de otra, largas mesas con bancos de madera para diez alumnos en cada banco. En la primera mesa de cada una de las ocho clases se colocaba un “telégrafo”, uno de los aparatos distintivos de la técnica lancasteriana, que era un palo de madera que sostenía en su extremidad superior una aspa de hojalata que un lado decía el número de la clase y en el otro EX que quería decir examen. A veces se colgaba de estos “telégrafos” un tablero con los caracteres que habían de ser copiados por los niños. La escuela lancasteriana introdujo algunos métodos educativos nuevos y más efectivos que los que entonces se usaban, como por ejemplo, el empleo de mapas y carteles, de areneros y ejercicios de dictado.

La idea clave del sistema Lancasteriano fue que el niño debía ser constantemente activo. No se aburría, porque siempre estaba aprendiendo algo del monitor en su pequeño grupo. Lancaster insistía en que “cada niño debe tener algo que hacer a cada momento y una razón para hacerlo. Llegar a este objetivo significaba un complicado sistema de registro del movimiento de cada alumno de una clase a otra. Los libros de asistencia de los maestros de las escuelas municipales muestran a que clase de lectura, escritura, aritmética y doctrina cristiana y civil habían sido asignado cada alumno, y cono había ido progresando en cada clase. Se podía estar, al mismo tiempo, en un grupo avanzado de lectura, en uno mediano de escritura y otro elemental de aritmética y doctrina. Con el sistema lancasteriano cada clase, con su maestro o monitor se regía individualmente. De este modo, los progresos no se miden de acuerdo a plazos pautados gradualmente.

En vista de que en un aula había enseñanza simultánea de ocho clases y después el movimiento, o “evolución”, de aproximadamente ciento cincuenta niños al final de cada hora, cuando cambiaban de grupos, era imprescindible que los alumnos guardaran estricto orden y silencio. Para llevar a cabo estas evoluciones sin confusión y con rapidez, el “telégrafo” era movido por el monitor de la mesa de escritura a los semicírculos, donde era colocado en dos asas de fierro el tablero de lectura o aritmética. Cada muchacho encontraba el grupo que le correspondía al ver el número de su clase levantado en el telégrafo.

Las cortes de Cádiz desde 1814 prohibieron el uso del azote. El Ayuntamiento de la ciudad de México repitió esa prohibición en 1823 y estaba vedado también en la Compañía Lancasteriana; este decreto prohibía castigos corporales. Ya puesto en práctica en la escuela lancasteriana de El Sol decía: “jamás por ningún pretexto se podrá dar golpes a ningún niño, y los instructores podrán castigar a sus alumnos con mandarles arrodillar no más que durante el trabajo en que se hallen”, y Castigos morales (orejas de burro).

El sistema funcionaba a través de la designación de monitores, escogidos entre los alumnos más adelantados, que se ocupaban de conducir el aprendizaje de sus pares. El rol de maestro se modificaba ya que éste, perdía el contacto directo y (el control directo) de sus alumnos, pasa a ocupar el rol de quien supervisa un sistema de aprendizaje complejo. Entonces, la práctica de la enseñanza se daba por intermedio de los monitores que pasaban a ocupar el lugar del que enseña.

Si bien la simultaneidad no desaparece completamente con él método mutuo (porque no existe separación entre grupos diferentes a cargo de los monitores), los conocimientos que se transmiten son muy diferentes (en temática y nivel) tienen por destinatarios un alumnado también heterogéneo. Se modifica así la distribución en el aula, ya que ésta se dispone alrededor del monitor o bien en hileras, creando una suerte de subgrupos, dentro del mismo espacio físico del aula.

Mientras que en el discurso pedagógico moderno, el docente es un profesional que asume la responsabilidad de su oficio y la preocupación se traslada a la formación de los educadores, el método mutuo deslegitima el lugar del adulto como tal. Un sistema meritocrático determina que el progreso de un estudiante pueda llegar a ubicarlo en el espacio del docente, es decir que no es necesario el status del adulto para ocupar el sitio del que sabe. Las jerarquías responden a una estructura con forma de pirámide. El maestro, en la cúspide dirige a los más adelantados que a su vez, en una zona intermedia, dirigen a los menos adelantados. El sistema supone un movimiento en dirección hacia la cumbre, se fundamenta en la posibilidad de ascenso que, puede permitir, en cualquier momento, que los que estén en igualdad de condiciones, dejen de estarlo. Esto genera una tensión permanente que le da movilidad al sistema.

El horario de la mayor parte de las escuelas era de 8:00 a las 12:00 y de las 2:00 a las 5:00 o sea siete horas de clase, los monitores tenían que llegar a las 6:30 para recibir instrucción en los ramos en que iban a enseñar a sus pequeños grupos. El rector los preparaba con una media hora de lectura, escritura y aritmética. Antes de comenzar la sesión de la tarde, les daba media hora de doctrina cristiana. Generalmente el mayor número de niños asistía en las mañanas. El ochenta por ciento de los alumnos tenía entre los seis y diez años de edad, aunque algunos solo tenían cuatro y otros catorce.

Cuando los alumnos estaban fuera de la escuela el niño quedaba sujeto a las influencias de la familia cualquier que fueran sus condiciones. Un dato muy importante es que la mayor parte de los alumnos inscritos en las escuelas lancasterianas y del municipio eran pobres, es aquí donde la educación popular tiene dimensiones más grandes que en la colonia. Se ordenaba al maestro “recibir a toda clase de niños sin excepción y si cupiera alguna preferencia, sería en todo a beneficio de los muy pobres y necesitados”. Pero se desconoce como reciban educación los pobres de las zonas  rurales del país.

Algunas escuelas se cerraron por falta de fondos, tanto de la Compañía como del Ayuntamiento. Muchas veces los profesores no recibían su sueldo hasta meses después, y en consecuencia vivían endeudados y con aprietos económicos. Esta situación fue descrita por los propios maestros de esta forma: “se presenta a la imaginación el desaliento de estos hombres (los maestros) cargados de familia, que aunque físicamente estén presentes en las escuelas, su alma entera esta muy lejos de ellas, ocupada exclusivamente en adivinar de donde les vendrá el sustento.

Otra dificultad que tenían que soportar los profesores, era la ira de los padres que a veces protestaban en contra de los castigos administrados a sus hijos. Algunos maestros  pecaban de estrictos, a ojos de otros padres eran demasiado benignos. Se quejaban si sus hijos no hacían suficiente progreso, y a veces  los cambiaban de escuela en búsqueda de mejor instrucción. Si no les gustaba el ambiente de la clase o los compañeros de sus niños, también los retiraban. Un párrafo de un profesor que tenía veintiocho años de experiencia dice: “Es preciso decirlo con la severidad y franqueza que me es característica; los preceptores vemos en los discípulos un fardo insoportable, un peso que nos agobia, una carga que nos abruma; los discípulos ven al preceptor como a un verdugo, como a un enemigo, como un instrumento de su martirio”.

El método lancasteriano fue, en definitiva, un intento por difundir la escolarización de las masas, no obstante, no fue suficiente como para configurar un Sistema Educativo Nacional.
Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, criticó el sistema lancasteriano por su didáctica mecánica, repetitiva, memorística y su rígida disciplina. De espíritu russoniano, Rodríguez consideraba que los niños debían preguntar y no repetir para obedecer a la razón y no a la autoridad.

El método fue criticado porque alejaba al maestro del niño e implicaba una situación de poder de la que el monitor podía abusar. Por otra parte, requería una planificación rígida. También se ha señalado que el sistema era conveniente para la enseñanza elemental, pero ponía en evidencia visibles limitaciones cuando los temas avanzaban en complejidad. Otras críticas, provendrían de sectores católicos que acusarían al sistema de difundir el uso de la biblia protestante, lo cual se interpretaba como un abuso de confianza, dado que sacerdotes católicos había prestado su apoyo.

Más que virtudes pedagógicas/metodológicas, el sistema era la única alternativa posible para satisfacer la necesidad de educación promovida desde los sectores ilustrados urbanos.